¿Por qué la solidaridad humana nos ayuda a ser felices?

Cada ser humano tiende por naturaleza a la cooperación y por lo tanto a tomar una actitud solidaria con los demás. Esta afirmación no deja de extrañar en un mundo de tanto egoísmo y de tanta violencia. Sin embargo hoy está sobradamente demostrado que no todo lo que surge como consecuencia de la evolución se debe a la lucha egoísta de la selección, tal y como afirmaba Charles Darwin y, más recientemente, el divulgador científico de origen británico, Richard Dawkins, sobre todo con su libro, El gen egoísta. Este autor sostiene que «podemos considerar al individuo como una máquina egoísta, programada para hacer lo mejor para el conjunto de sus genes. La máquina egoísta funciona, literalmente, por gen-o-cidio, la destrucción y utilización de otras máquinas egoístas como si fuesen alimento para su propia supervivencia».

Los genes no son egoístas, como tantas veces se nos ha querido inculcar. La afirmación de que el punto de partida de la vida sean genes egoístas carece de toda base científica. Por el contrario, los genes se caracterizan por ser cooperadores y por lo tanto solidarios. Los conocimientos del gran neurobiólogo alemán Joachim Bauer y de otros muchos expertos en el campo de la evolución molecular tales como los estadounidenses Karl Woese o Lynn Margulis, han llegado a la conclusión de que los genes actúan de acuerdo a tres principios fundamentales: cooperación, comunicación y creatividad. Es precisamente la connectedness, es decir, su capacidad de unir, de establecer enlaces, lo que caracteriza el modo de actuar de la naturaleza humana, lo cual debería invitarnos a reflexionar más profundamente sobre el regalo de la vida.

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Colaborar, ayudar a los demás y contribuir a que reine la justicia es una motivación humana básica con anclaje biológico. Lo cual no quiere decir que los sensores o el sentido de justicia alojados en el cerebro nos hagan ya automáticamente buenas personas, pero poseemos un sistema motivacional en nuestro cerebro, que influye considerablemente en nuestras decisiones cotidianas, y, que nos ayuda a cooperar con los demás.

Desde hace más de veinte años se conoce en la Neurobiología el concepto del «sistema motivacional», localizado en el «cerebro medio», que se caracteriza por intensificar e incrementar una conducta humana de bienestar. Aquellas experiencias, sentimientos, impresiones que nos dan un sentido positivo profundo de nuestro actuar, actúan sobre el «sistema motivacional», y es entonces cuando el cuerpo libera un cóctel de “drogas propias” y que se conocen con los nombres de dopamina, oxitocina y opiáceos endógenos, todas ellas sustancias que generan la sensación de bienestar.

Pero ¿qué tiene que ocurrir para que el ser humano libere estas sustancias? La contestación clara y precisa dejó estupefacto al mundo experto y competente en esta materia. El fin natural del «sistema motivacional» es la convivencia social y el mejor logro de las relaciones humanas. Es precisamente la cooperación armónica entre los seres humanos lo que nos hace ser felices. Pero no se refiere únicamente a las relaciones personales, sino a todas las formas de cooperación social, a toda actitud solidaria. Sin embargo, esas sustancias tan solo podrán ser liberadas por el cerebro siempre y cuando consigamos hacer buen uso de nuestro cerebro y del profundo sentido que sepamos darle a aquello que llevamos entre manos.

Hoy en día podemos apoyarnos en multitud de experimentos que demuestran claramente que las interacciones sociales que tienen lugar entre personas que mutuamente expresan su confianza total respectiva, son las que generan la producción de sustancias mensajeras de la felicidad y de la vitalidad. Trabajar con personas de las que nos podemos fiar plenamente y que además son amables, afables, sociables y cordiales hace que se produzca en el «sistema motivacional» una reacción sumamente positiva. Esta situación va a contribuir, además, a que esas personas actúen llenas de confianza y con el deseo de contribuir del mejor modo posible al bien común.

Hoy en día causa sorpresa, y a muchos deja atónitos, las actuaciones de personas que hacen obras de solidaridad sin esperar nada a cambio. También hechos como estos son explicados por los nuevos descubrimientos de la neurobiología, que demuestra que este modo de actuar es profundamente humano y se halla originariamente anclado en nuestro cerebro. Esto se puede observar de modo claro e inconfundible en los niños. Todos ellos nacen con el deseo de efectuar tareas y de hacer cosas buenas por los demás pero que obviamente sobre todo debido a los malos influjos fácilmente se puede torcer. Sin embargo, el cerebro humano no solo está calibrado para vivir de modo adecuado la solidaridad humana y el compromiso social; no es únicamente un órgano social, también dispone de un calibrador de la lealtad. Por naturaleza tiene la tendencia, casi se podría decir un instinto, para la repartición justa y equitativa de los recursos disponibles. Con tal motivo no se habla solamente de un social brain sino también de un egalitarian brain.

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El gran psicobiólogo americano Michael Tomasello ha podido demostrar, cómo niños entre 14 y 18 meses ayudan espontáneamente a otros niños de su misma edad, en caso de tener dificultades. Esta actitud de generosidad espontánea la demuestran incluso en aquellos casos en los que los otros niños son desconocidos y también en los que no esperan ningún tipo de gratificación. Los niños pequeños, así resume Tomasello, son por naturaleza empáticos, dispuestos a cooperar, generosos y ayudan a otros proporcionándoles información.

De todo lo dicho se desprende que la actitud solidaria nos ayuda a ser felices si bien no deja de ser cierto también que las malas influencias pueden hacer de un niño generoso un egoísta, distorsionando de este modo el sistema motivacional que acabaría reaccionando ante incentivos que no corresponden a la naturaleza humana originaria.

 

Alfred bn Alfred Sonnenfeld

Catedrático de UNIR. Doctor en Medicina y en Teología. Ha sido profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Humboldt de Berlín y miembro de la Comisión Ética de la Clínica Universitaria Charité de Berlín. Ha contribuido con diferentes ensayos en el ámbito del Liderazgo y de la Ética en la dirección de empresas. Colabora asiduamente como autor de artículos en los diarios regionales de Vocento. Es autor del libro Educar para madurar: Las 5 claves neurobiológicas para que tu hijo sea feliz,  que se publicará el próximo 1 de septiembre de 2015 en Amazon.                

 

 

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sin ellos y muchos más, no sería posible